Todos vamos a morir,
tardo o temprano,
de plácido amor o candente deseo,
de dolor insufrible o traición explícita,
de pie, de cabeza, solos o acompañados,
No importa
ser el primero o el último,
recibir a la madre muerte entre risas o llantos,
no importa, ya nada importa
porque no estás tú.
Nada es tan valioso como sentir tu cuerpo
que extraño hace ya 6 años.
Porque cuando pensé que al fin,
entre irremediables rumbos nuevos,
me habías salvado,
te arrebataron de mi lado.
Hoy, ya nada importa.
Ya nada exime el cadaver que arrastra amores pasajeros,
vanos, perdidos,
y que traté con tanta devoción de hacer verdaderos.
Incluso mi corazón falló,
al no verse amado,
al no ser elegido.
Ahora solo sufro y sollozo,
solo,
a la espera de la ceguera,
del camino sin retorno,
de la sentencia por tantos intentos de entumecer la mente,
el cuerpo,
atado a los sinsentidos.
Mírame, entonces,
tratando de amar de nuevo,
tratando de ser herido,
para descubrir por fin
si es que sigo vivo,
si es que al final
el dolor valió lo sentido,
si es que luego de tanto abuso
podre tener algo de valor y sentido.
Algo de paz. algo de quietud.
Algo de calma para ofrecer
o al menos una voz para recitar mis versos,
poemas cantados
prestos al olvido.
Porque el objeto de mi deseo,
desapareció con mi amor perdido,
con las risas de los cuatro años,
los juegos de los cinco,
los seis del primer grado,
siete, ocho y nueve.
¿Serán diez?
¿Quince?
¿Veinticinco?

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