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Mientras te pienso

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Yo espero, renacer a tu lado, cuando atormenten las palabras, cada frase ahoga, extingue, roza con aspereza; en silencio. Un mundo en tu lienzo, colores pasteles, rudos monocromáticos que van y vienen; como trazos irregulares, tu aliento. He decaído, tu juego y mi laberinto bajo un aluvión salado pronto a secarse. He entendido negación absoluta a deseos prohibidos, consumados; exquisitos. ¿Serán ahora suyos? ¿Serán míos? Ojos curvos, labios chinos la felicidad, el destino. Mil millones de palabras silentes, exhaustas; Sol, Luna, dios, Dios, casa, amor. En amalgama, en tácita presencia, profundas miradas innegables e inconfundibles, imperativas y desesperadas; claman al yo que somos los dos, qué fuimos en cuerpo, calor, color, hedor y sueño de un encaje perfecto. ¿Quién soy al despertar? ¿Quiénes son ellos? ¿Quién eres tú? El recuerdo de un viejo, que a sí mismo busca para hallar consuelo, que acalla sentado; quedo rendido ante si...

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Serías una estrella, dominante, mayor, elevada sobre mi cuerpo clamando las repeticiones cardinales, ángulos de tu belleza, prontas a disolverse, implosionar, extinguirse con cada aliento y palpitación; roces sobre tu cuerpo levitante, celeste. Lunas que suben y bajan poseen mi atención, mi sudor, mis pensamientos más elevados ahora banales, comprimidos; subyugados. Soy el resultante de una ecuación sin fin, sin comienzo, perdida y sin rumbo; solo siento. Soy nervios, sensaciones, reacciones frente a una pantalla, y dice: “detente”. Un cartel que me desvía, el olvido. ¿Quién puede más? ¿Tu cuerpo? ¿Tu néctar? ¿Acaso el mío?  Quién controla ángulos, vertientes... ¿Quién florece en un desierto donde todo extinto yace por el hambre del deseo? Violenta imaginación que te arropa y te desnuda, que te abraza con deseo del prohibido arte de letras y de versos, exhalando vida y perdición, despoj...

Tiempo

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Sentado, y un cigarrillo, bocanada tras otra consumíos todos. La fuerza de una abreviatura, una etiqueta; banal, inerte. ¿Qué nos hace seguir? ¿Meditar? ¿Mentir? Blasfemias. Cuerpos, herejes, pasados. Cuerpos, iluminados, presentes. Son como el humo, sinceros, mortales, todos etéreos, todos pasantes, como la piel marchita de una mujer marchitándose... El corazón pesa frente a las heridas. Los transeúntes se reúnen frente a una virgen, las cenizas, el credo, un dogma olvidado carente de tiempo. El corazón muere entre amores perros. Se levantan, bocanada tras otra aviváos todos. Prontos a una nueva hora, reluciente;  engañados, sinceros. Y se repite, una y otra vez, a tiempo. Texto por Mario Zaplana Pintura: La Persistencia de la Memoria (1931) - Salvador Dalí

Ciudad de Ciegos

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¿Cuál es la última parada? Cual pendiente, el último lugar al que voy, tomándome con brazos abiertos, bebiendo de mis heridas; lame mis llagas abiertas... ¿Arderá este dolor por siempre? ¿Quemará la infelicidad? La traición a los corazones propios, la negligencia de las almas prontas a perderse en el olvido... El elixir amargo que consume los deseos fantasías absurdas, sin alas, sin énfasis, sin propósito; la realidad. La realidad. Y adentro una voz crujiendo quiebra los cimientos construidos, el bálsamo sobre la madera, y da a luz una verdad absoluta, irrefutable. Hablada en silencio, poseída por aquellos que observan aquel lugar donde los ojos son ciegos, los labios gobiernan y el tacto juzga; donde te tengo más cerca. Donde más te pierdo. Fotografía y texto por Mario Zaplana