La deshumanización del alma
La deshumanización del alma
¿Cómo abrazar lo inabrazable?
No lo consigo.
El dolor latente, punzando en las cuencas de los ojos
o en los orificios de las muelas agrietadas,
son tan reales como el palpitar latente de
esta presión en el cuerpo.
A ellos no les importas, son como lobos,
Hambrientos.
A ellos no les importas,
Sangres o caigas en una espiral en silencio.
Mientras tu mente grita consuelo,
sin pieles suaves que sofoquen este
Tormento,
sin un cobijo que acalle esos pensamientos
invasivos de invasores que rompieron
el silencio, la calma de tu jardín de
Ensueños,
tu torre de naipes, de ilusiones sin
Sustentos.
¿Quién entrará a tratar estas pesadillas?
¿Estos sueños de tormento?
¿Quién tomará los hilos para tejer
un nuevo abrigo que intente apaciguar
el frío del invierno?
Somos otoño,
esperando que las hojas caigan,
una espiral al olvido.
Dichosos a quienes se les enseñó
cómo afrontar esa especie de vacío.
Dichosos los seres que caminan entre los
vivos, con su manojo de privilegios,
fingiendo no ser vulnerables al vacío,
con pretensiones y ambiciones,
con una bandera y armadura
construidas por latidos.
son los artífices de su cautiverio,
su prisión de poses,
y su corona de sencillos, pero añorados,
trazos diluidos.
Me veo atrapada
al borde de la cornisa,
frente a un amplio precipicio,
ecos que claman mi nombre
sin saber siquiera cuál es mi nombre
y lo esconden tras sus repeticiones,
contenidas por metáforas
frías e inamovibles
como barrotes hechos de mentiras,
ansiedades y pensamientos intrusivos;
demonios reclamando mi alma,
suicidio asistido.
Mi cuerpo clama por un respiro,
algún descanso terrenal,
o el sueño eterno,
cual lobotomía,
morir sin estar muerto,
perder sin estar perdido…
tan solo un respiro.
En este mundo cruel y
Áspero
como la sensación de sus labios,
sus manos secas y gruesas,
acariciando la desnudez de mi cuerpo,
cuidando mi frágil
humanidad herida,
hasta que nos evaporamos en el destino.
¿Supiste que te amé?
Y mientras otros van,
crean nuevas historias y olvidan lo aprendido,
el sello de mi núcleo me obliga
a recordar los cuerpos y las almas
que me lanzaron al olvido,
pues la jugarreta de la mente apunta y,
sin entenderlo siquiera,
el horizonte se desdibuja sin aspiraciones.
Los ideales se marchitan
y el peso de mi pluma se vuelve etéreo,
mientras el alma se me desliza a través de los dedos,
y retazos de memorias palpitan en mi pecho.
Entre ellas, tu sonrisa.
Entre ellas, tus gemidos,
un corazón de terciopelo
con una coraza de vino.
Texto por Mario G. Zaplana V.

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